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Requiem por la bailarina de una caja de música

LA IMPRENTA ENCANTADA

Percival Burrhus Cromwell Worthingtonshire-Pym III de Aquí, de Belmez

Como habrán leído en páginas anteriores (y si no lo han hecho: hay que leer, hay que leer… ), un grupo de novelistas tuvo a bien reunirse en Peñarroya-Pueblonuevo para deleitar a los concurrentes con sus experiencias. Si el número anterior les invitábamos a una colación envenenada, el menú que proponían esos autores se componía de suculenta novela negra. Procedamos, pues, a catar algún plato de la carta. Réquiem por la bailarina de una caja de música José Ramón Gómez Cabezas (Ciudad Real, 1971) Este joven manchego (de pie tras la pantalla, en la fotografía del artículo aludido), licenciado en psicología, cuya remarcable actividad profesional consiste en la atención a niños con TDAH, encuentra tiempo para la participación en diversas publicaciones del género negro, lo que le ha conducido a la presidencia de Novelpol (Asociación de Amigos de la Literatura Policial). Réquiem por la bailarina de una caja de música (Editorial Ledoria, 2009) tiene por escenario la pequeña población que era Ciudad Real en el 1925 de Primo de Rivera, y se abre con el macabro hallazgo nocturno de un cadáver por parte de un guardagujas. La mañana siguiente a los hechos, el gacetillero Joaquín Córdoba Martín de la Vega despierta de uno de sus frecuentes desmayos, para encontrar que esa noche se ha producido el asesinato de una joven y Ramón, uno de sus lugartenientes, amigo inseparable, está detenido como sospechoso. La aventura de la noche anterior, eso puede recordar, era vengar, junto con Ramón y Valentín —el tercer amigo, que se halla fugado— la paliza propinada a una mujer. Nos hallamos, pues, ante un whodunnit, un “¿quién lo hizo?”, pues Joaquín se aprestará a iniciar su propia investigación, recapitulando los acontecimientos que le han llevado hasta esa mañana. Conoceremos al resto de los dramatis personae: el tío Domingo, Ernesto, un primo lechuguino que le presenta a la víctima, la joven Lucienne Olivier (talentosa al piano, quien, “sin la mirada triste” de una muñeca de caja de música, prende al protagonista), el primo Alfonso, orondo seminarista, o el gordo Balboa, que al agredir a la prostituta Fátima provoca las iras de los tres amigos (antes de que la “marea blanca total” se lleve por delante a Joaquín). Y también, un curioso policía llegado de Tomelloso que aparece aquí y allá, con el que Gómez Cabezas no puede ni quiere evitar rendir homenaje al Plinio de Francisco García Pavón. Encontraremos que existe otro cadáver no reclamado de un arrollado por el tren la misma noche, que la bailarina (a quien violaron y aplastaron la cabeza) tuvo una vida más trágica de lo supuesto, y, tras la apertura de una caja de cigarros que pone en marcha cierto mecanismo en la cabeza de Joaquín y la extraña confesión del primo Alberto, el desenlace devendrá con un giro totalmente inesperado. Dotada de un armazón argumental endiablado e implacable, el autor nos conduce con mano firme, a través de una perfectamente recreada pequeña ciudad de provincias en entreguerras habitada por personajes bien definidos en la que en su momento hervirán las más poderosas pasiones humanas, para bien o para mal, de sorpresa en sorpresa hasta la traca final, en la que, naturalmente, estará presente el policía de Tomelloso… Ello, además, sin ahorrarnos diversas vicisitudes históricas, como la voladura del Maine, Paulino Uzcudun, la campaña de África, “el Pernales” o la Escuela de Nancy. Y lo hace con un estilo en el que las precisas descripciones están salpicadas por giros realmente sugerentes (“Al contemplar su sonrisa me sentí un poco menos feo, un poco menos necio. En resumen, un poco menos yo”. “Su marcha con las manos a la espalda revelaba prácticas de cura viejo…”.). Hasta me ha parecido entrever un Whistler, aunque tal vez haya sido mi imaginación. No está mal para una novelita del tamaño proporcional de Ciudad Real que se lee de un tirón, así que, por favor, acomódense en su sillón y disfruten descubriendo quién lo hizo.

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